Hace aproximadamente diez años, en uno de esos semestres en que la docencia te recuerda por qué elegiste este camino, propuse a mis estudiantes algo que nunca antes habíamos intentado: construir juntos un cómic completo. No como ejercicio técnico, sino como obra. Una historia, un guion, personajes reales, fotografía de producción, retoque digital, diagramación y una reflexión que valiera la pena contar.
El resultado fue Ascética: una ciudad imaginaria, un lugar inexistente.

¿De qué trata Ascética?
La historia sigue a un sacerdote cuya vida pública y privada no podrían ser más contradictorias. Predica con fervor en la parroquia, mientras en secreto dilapida el dinero de las ofrendas en burdeles nocturnos. La ciudad donde habita —Ascética— es una metáfora: un lugar pequeño, conservador en apariencia, pero que esconde bajo su fachada de fe todos los vicios que condena.
La narrativa es directa, incómoda y necesaria. A través de la voz del propio sacerdote, vemos cómo la noche lo desnuda de toda máscara: el alcohol, la soledad, el robo callejero que lo deja sin nada, y el encuentro inesperado con un joven al que había despreciado horas antes —ese mismo «ridículo» que resulta ser el único que actuó con valentía cuando los atracadores atacaron a ambos.
El desenlace no es un sermón. Es un apretón de manos silencioso que dice más que cualquier homilía.
El proceso: cómo nacía una página a la vez
Lo que hizo especial a este proyecto fue su método. No encargué el cómic a un par de estudiantes destacados. Lo hicimos todos juntos, con roles claros y compromiso real:
- Guion y narrativa construida en sesiones colectivas, donde cada voz importaba.
- Fotografía de producción: los propios estudiantes actuaron como personajes, localizamos exteriores en la ciudad y montamos escenas con iluminación controlada.
- Retoque digital y fotomontaje: transformamos las fotografías en ilustraciones con tratamiento gráfico, fusionando lo fotográfico con lo dibujado.
- Diagramación editorial: aprendimos que una viñeta mal compuesta puede romper el ritmo de toda una página.
El equipo lo encabezaron:
Tania Sánchez (dirección de arte, redacción, fotografía y producción),
Daniel Conejo (fotografía y producción) y
Karla Castro Barragán y Yudy Vargas Mogollón (retoque, ilustración y fotomontaje), entre otros colaboradores.
Cada uno aprendió su oficio haciéndolo en serio.
Por qué una ciudad «ascética» (y mal llamada así)
El nombre no es inocente. Ascética viene del griego áskēsis: práctica y ejercicio hacia la perfección espiritual. El Diccionario de la Real Academia Española la define como «práctica y ejercicio de la perfección espiritual». El cómic la toma prestada con ironía: ¿qué pasa cuando la ciudad que se autodenomina ascética es precisamente la que más lejos está de serlo?
La referencia literaria es clara. Como Macondo en García Márquez o el País de Alicia en Carroll, Ascética es un espejo distorsionado de la realidad. Un lugar donde los más fuertes sucumben a sus propios miedos y donde el más «ridículo» —el torpe, el nerd, el que nadie toma en serio— termina siendo el héroe.
Lo que aprendimos (todos, incluido yo)
Proyectos así no se parecen a ningún otro ejercicio académico. Aprendemos a negociar ideas, a ceder cuando la historia lo pide, a defender una decisión de diseño con argumentos. Aprendemos que una imagen mal iluminada destruye el trabajo de un buen guion, y que el retoque no es trampa sino lenguaje.
Pero sobre todo aprendemos que contar historias con imágenes es un acto de responsabilidad. Ascética habla de hipocresía institucional, de fe como fachada, de la redención que no llega en púlpitos sino en callejones oscuros. Eso exige respeto al lector y honestidad al creador.
Para mí, como docente, ver ese cómic terminado —impreso, con su portada, su código de barras, sus créditos— fue una de esas recompensas que ningún título puede sustituir.
¿Tienes tus propios proyectos educativos así de memorables?
Me encantaría leer en los comentarios experiencias similares: trabajos colaborativos que hayan superado las expectativas, proyectos donde el proceso valió tanto como el resultado.
Y si quieres leer que pasó en Ascetica en este link lo puedes descargar y si quieres profundizar en experiencias docentes, ilustración, técnicas de fotografía aplicada a narrativa visual, sigue el blog. Hay más historias por contar.
Edgar Beltrán Solano — Ilustrador, docente y eterno estudiante de la imagen.
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